Queridos perotes: hace bien poco que un servidor ha descubierto que el Diccionario de la Real Academia le otorga también el honor de ser “perote”, pues la definición de dicho vocablo es esta: “perote: natural o vecino de Álora, en la provincia de Málaga”.
Pues bien, queridos perotes, ya con los calores del verano, y como es tiempo de visitar el agua de las playas, piscinas y pantanos, deseo contaros un cuento cuya acción se desarrolla en una playa, precisamente. Es un cuento de esos con “miga”, como casi todos los cuentos, y que puede darnos ánimos en alguna ocasión en la que nos aceche el desaliento por lo mucho que aún hay en nuestro mundo por arreglar. Ojalá que en medio de los calores tampoco olvidemos que los gestos pequeños pueden ser muy importantes. Que sepamos todos disfrutar de las personas en este tiempo de verano, que es para muchos de descanso.
“Érase una vez un lejano paraje de sol y de paz en el que vivía un escritor de nombre kronon, que vivía junto a un pequeño poblado de pescadores. Su vida era tranquila. Y como era amante de los silencios y de la contemplación de la naturaleza, todas las mañanas al amanecer paseaba al borde del mar, contemplando el disco solar, que pleno de vida le inspiraba poemas y palabras para escribir posteriormente.
Un día como otros, paseando por la playa divisó a lo lejos a una muchacha que parecía bailar agitando sus brazos. Poco a poco, conforme se fue acercando comprobó que era una hermosa joven que recogía estrellas de mar halladas en la arena, y las devolvía con gracia al océano.
¿Por qué hace eso? - Preguntó el escritor un tanto intrigado-.
¿No se da usted cuenta? Con este sol de verano las estrellas se secarán y morirán si se quedan aquí en la playa.
El escritor no pudo reprimir una sonrisa:
joven, existen miles de kilómetros de costa, y centenares de miles de estrellas de mar ¿qué consigue con eso? Usted solo puede devolver unas pocas al océano.
La joven tomando otra estrella en su mano, y mirándola fijamente dijo:
Para esta ya he conseguido algo. Al instante le dedicó una amplia sonrisa y siguió su camino.
Aquella noche el escritor no pudo dormir. Finalmente, cuando llegó el alba salió de su casa, buscó a la joven a lo largo de aquella playa dorada, se reunió con ella, y sin decir palabra comenzó a recoger estrellas y a devolverlas al mar...
Francisco Javier Sánchez Núñez