CULTURA

SANTA BRIGIDA. ( I )

Al borde izquierdo del camino que iba del pueblo de Álora al embarcadero del río, al cual servía una barcaza que transportaba en su cubierta personas, ganado y mercancías de una orilla otra del Guadalhorce y al mismo pie del Cerro del Calvario, nuestros antepasados le erigieron una ermita a la santa sueca Brígida, extraña devoción en España ya que así no se llamaban en nuestra Patria las mujeres del pueblo ni aún hubo reinas en España con este nombre.

¿Quién levantó esta ermita y en qué año? Misterios que a lo mejor se encuentran escondidos en los legajos del Archivo de Protocolos de la Provincia, sito en Málaga, que en lo referente a nuestro pueblo arranca desde 1560, siendo el pueblo que, después de Ronda y Antequera, tiene mas abundancia de material y es también uno de los mas antiguos. Dichos legajos esperan que los desvelen personas como María José Sánchez o José María Lopera o cualquier otro experto en descifrar las complicadas caligrafías antiguas.

Lo mas probable es que presidiera el altar una imagen de la Santa escandinava y que a último del siglo XVI o a principio del XVII desapareciese a consecuencia del fervor despertado en España por la advocación de Ntra. Sra. de la Cabeza, que en aquellos lejanos tiempos, era como en la actualidad el Rocío.

Había hermandades filiales que iban en romería a Sierra Morena. La de Álora elegiría como sede la Ermita de Santa Brígida, la ampliaría y entronizó la imagen de Ntra. Sra. de la Cabeza, decorando el presbiterio con unas pinturas al fresco que representa la romería con sus tiendas de campaña; pinturas que hoy día aun se pueden contemplar. Mas tarde, a la Virgen de la Cabeza la nombraron Patrona de Álora, pero siguió el templo conociéndose como Santa Brígida.

Esta ermita construida en idílico paraje tenía ante sí una hermosa vega de naranjos agrios que en primavera explosionaban en blanco azahar que perfumaba con exquisito olor el ambiente; esta vega terminaba en apretados cañaverales que ocultaban el río; frente, los cerros de los lagares alfombrados de viñas, que en enero se nevaban con las flores de los almendros. En aquellos tiempos se hallaba la ermita sola, sin más compañía que los olivos de alrededor y el tráfago de campesinos con sus reatas de bestias, yuntas de vacas o piaras de cabras, ovejas o cerdos, levantando el polvo del camino. De noche, soledad y silencio, solo quebrado suavemente por el rumor del no lejano río.

Llega el siglo XIX. Delante de ella se arrancan árboles, se explana el terreno, se tienden vías de hierro, se orada el pie del Cerro de las Torres con ruidosos barrenos para construir el túnel nº 19 de la línea Bobadilla - Málaga, se construyen la estación, los muelles, los depósitos de agua y de carbón. Vio pasar el primer tren y los trenes reales. Uno, de Alfonso XII en 1884, recibido por el Ayuntamiento en el andén y tuvo el Monarca la gentileza de apearse y probar la tarta con la que le obsequiaron, la cual le gustó mucho y nombró al confitero proveedor de la Real Casa. En 1925 paró el tren real de su hijo Alfonso XIII recibido con banda de Música; a la Reina Victoria Eugenia le ofrecieron un ramo de azahar.

A las espaldas de la ermita, en este mismo siglo, se construyo la antigua carretera Málaga - Sevilla, que pasa por Carratraca, la Torremolinos del siglo XIX y en la que tantos viajeros ilustres veranearon disfrutando de las aguas sulfurosas de su entonces modernísimo balneario. Una de sus mas famosas veraneantes fue Dª Trinidad Grund, benéfica y potentada dama malagueña, que bajándose en la Estación de Álora, proseguía su viaje al Balneario con un imponente tren de carruajes, para su traslado personal en lujoso coche de caballos, otros para su abundante servidumbre y carros para su extenso equipaje. Ya en el recién pasado siglo XX, dejaron de traquetear las diligencias y las tartanas para ceder el ruido a los automóviles y a los autobuses de Málaga - Ronda y el Estación - Álora.

No solamente los que pasaban delante de la ermita sino también los que pasaban por detrás iban al campo en la barca - la cual, una vez construido el puente sobre el Guadalhorce, dejó de servir al público- sino a Málaga, Madrid y aun al extranjero. El ferrocarril y la carretera partieron el antiguo Camino de la Barca en tres trozos con nombre propio, a saber, Camino de la Estación, Santa Brígida y Callejones de la Barca.

Construidas la estación y la carretera todo fue coser y cantar, surgió como por encanto la Barriada de la Estación. Ya no estaba tan sola Santa Brígida, casas, almacenes de cítricos para la exportación, así como hortalizas y verduras, todo producto de la feraz vega; se construyó también un lavadero de minas, fábricas de aceite de oliva y tres fábricas de embutidos -una de ella tomó el nombre de Santa Brígida- y otras más industrias. A su alrededor surgieron casas de veraneo y los gansos y patos chapoteaban en la acequia que pasaba por delante del templo. Ahora no interrumpía el silencio el tráfico del camino sino el ambiente ruidoso de la vida comercial; el paso de los humeantes trenes, las maniobras de los vagones de mercancía que cargaban los frutos para los mercados extranjeros y nacionales; por los cantos y las risas de las faeneras que empaquetaban y empapelaban con gracia y delicadeza las naranjas y los limones, faena inmortalizada por los ilustres viajeros franceses Barón de Davillier, gran escritor, y el sin par dibujante Gustavo Doré, que nos visitaron.

En tan bonito y ameno paraje no es extraño que, tras la ermita, en el siglo XIX, el juez de Instrucción Sr. Trabanca construyese un lujoso chalet con piscina y años mas tarde, otro juez, don Aureliano Funes, construyese otro nada menos que con tres piscinas. En la Estación, el prócer malagueño Sr. Heredia erigió una fila de chalés con jardines, hoy de los señores de Vila, y otros personajes, edificaron también palacetes de lujo con magníficos jardines.


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Fresco de la Ermita de Santa Brígida